Parashát Tazria (Vayikra 12:1– 13:59).

פרשת תזריע                ויקרא יב:א- יג: נט

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Estudiamos esta semana una porción en la que se describen algunas de las leyes consideradas de “pureza” y, junto a estas, los estados de “impureza” que las justifican. Comienza nuestra Parashá con los estatutos relativos al nacimiento, marcando los periodos para la “purificación”, las ofrendas a realizar y, además, se nos recuerda en qué momento deberá realizarse el Brit Milá a los hijos varones. Esta porción de la Parashá posee una gran importancia, pues de sus posibles interpretaciones han derivado, desde la perspectiva más conservadora, prohibiciones diversas, aunque estos aspectos los trataremos en otra ocasión.

Se afronta también, en esta Parashá, la introducción a la detección y procedimiento con respecto a una enfermedad, denominada “tzaraat” (צָרָעַת). Habitualmente se ha venido traduciendo como lepra, pero resulta bastante evidente que no se refiere la Torah a esta dolencia, ya que la lepra es generalmente una afección de la piel y la enfermedad descrita en la Torah parecía ser transmitida también a las ropas y las viviendas. Se trata de un padecimiento con síntomas característicos, que son descritos con detalle, y por su similitud muchas personas lo han denominado “lepra bíblica”.

Dejando al margen la correcta denominación del padecimiento físico, o la posibilidad de que las ropas y viviendas se convirtiesen en transmisores de la enfermedad o en pacientes, si nos centramos en la interpretación tradicional encontramos que se define como una enfermedad de origen espiritual, aunque con señales físicas. De esta forma se nos explica en el Talmud (Arajin 16.a), donde se asevera que existen hasta siete razones por las que se manifiestan las manchas descritas en nuestra porción. Entre las razones esgrimidas se encuentra el lashón hará (לשון הרע), el mal de no ser cuidadosos con respecto a lo que hablamos. Desde esta perspectiva, se trata de un mal que no es meramente físico, y que además no solamente tiene consecuencias sobre la persona que habla mal en referencia a los demás, que chismorrea o que difunde falsedades, sino que también afecta a sus “víctimas”. La preocupación por la práctica del lashón hará es una constante en nuestra tradición, no solamente encontramos referencias en la Torah, sino que también otros libros la consideran como el origen de un daño inmenso, sirva como ejemplo: “Vida y muerte están en manos de la lengua” (Sefer Mishley 18:21). Somos llamados a la prudencia, a medir nuestras palabras, a evitar difamar a las demás personas o dañarlas, en ocasiones incluso con una verdad, y a poner un límite en nuestras comunicaciones para tratar de no dañar a las demás personas.

El Jafetz Jaim, un importante Rabino que vivió entre los Siglos XIX y XX, afirmaba en uno de sus libros, Shmirat haLashon, que las personas podemos dañar más con nuestras palabras que con una espada y realiza un interesante recuento de los componentes de nuestra cara al decir: “por ello el hombre ha sido creado con dos ojos, dos oídos y dos orificios nasales, pero con una sola boca, para indicar que ha de reducir su habla al mínimo”. Estos elementos de nuestra faz, en mayor o menor medida, se encuentran implicados en los procesos de comunicación y de nuevo podemos recurrir al Talmud para hablar sobre nuestras orejas: “(Un miembro) de la escuela de Rab Yshmael pensó: ¿por qué toda la oreja es dura y el trago es blando? (Pues) si una persona escucha algo que no merece su atención, podrá flexionarlo y taponar el oído” (Ketubot 5b). De esta forma se nos advierte sobre la posibilidad de convertirnos también en parte del problema al escuchar y transformarnos en potenciales transmisores, de este mal que es el chismorreo.

Avanzando un poco más en el texto, resulta paradójico que un mal, aparentemente no transmisible, sea tratado a través del aislamiento social (Vayikrá 13:46), en vez de enfrentar a la persona con el bochorno que podría suponer el conocimiento de su comportamiento. De este punto podemos tal vez extraer una enseñanza, pues en muchas ocasiones alcanzamos a ver como alguna persona minusvalora nuestros ideales o posiciones, y estas situaciones nos empujan a expresarnos de forma violenta o a humillar a quién sentimos que nos está hiriendo, sin embargo una actitud más dialogante y menos impulsiva puede ofrecernos mejores resultados a la hora de conquistar el respeto para nuestros pensamientos por parte de los demás. Vivimos en un mundo diverso y dentro de un pueblo diverso, esta enseñanza es posiblemente una de las más valiosas para mantener la paz, no solamente dentro de cada una de nuestras comunidades sino también entre ellas.

Centrarnos en las vidas ajenas y hablar sobre ellas, expresar ofensas hacia otras personas y fijarnos excesivamente en sus defectos o errores e incluso descalificar sus pensamientos, son algunos de los comportamientos que conducían a una decoloración de la piel llamada tzaraat. Curiosamente estos comportamientos, conducentes a la destrucción, se abordan parcialmente en la misma Parashá en la que la acción contraria es también abordada: el nacimiento, el comienzo de una nueva vida. Tal vez de esta forma podremos llegar a ser un poco más conscientes de que tenemos capacidad para destruir, pero también para construir, a través de nuestra lengua, con nuestras palabras.

 

Eliyahu Peretz del Campo

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