Parashát Naso (Bemidbar 4:11– 7:89).

פרשת נשא (במדבר ד:כא-ז:פט)

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Complementando a la porción anterior, continúa nuestra Parashá con la asignación de roles a los descendientes de Leví y su recuento. Surge un concepto muy interesante, la limitación por edades para los trabajos físicos, aquellos que presumiblemente requerían un esfuerzo considerable, y que fueron asignados a las personas que contaban con edades comprendidas entre 30 y 50 años (Bemidbar 4:23 y 4:30). Quienes se encontraban en este rango de edades son considerados “…aptos para la labor…” (Bemidbar 4:41-42), lo que de ninguna forma excluye al resto de su aportación en otros campos y actividades, ofreciéndonos la Torah una preciosa enseñanza sobre la importancia de no imponer trabajos no “adecuados” a las capacidades de cada etapa de nuestras vidas o de nuestras propias condiciones personales. Nuestra porción continúa haciendo referencia a algunas leyes de pureza y hablándonos sobre los “nazir”, término que podríamos traducir tal vez como: consagrados, hasta llegar a la Bendición que ofrecerán al pueblo los Cohanim (Bemibar 6:22-27). El segmento que estudiamos esta semana concluye con la finalización de las obras del Mishkán y su inauguración el primer día de Nisán del segundo año tras la salida de Mitzráim.

Resulta curioso que una vez concluida la construcción del Mishkán y tras la unción y de todos los utensilios, realizada por Moshé, se estableciese un turno para que el líder de cada una de las tribus realizase su ofrenda (Bamidbar 7:11). Estos ofrecimientos consistían en un conjunto de utensilios y productos que fueron entregados por cada sección del pueblo, sin existir distinciones en función de su número o cualquier otro factor. Surgen dos posibles preguntas en este momento, por una parte ¿cuál es el motivo por el que cada uno de ellos ofrecía en un día distinto? Y ¿por qué la ofrenda realizada resultó ser exactamente igual?

Para esclarecer este asunto, tal vez podemos recurrir a un sipur tradicional que nos relata una historia que se desarrolla antes la Tefilá de Arbit de Shabat, cuando el rabino de una pequeña comunidad, tal y como era su costumbre, se posicionó junto al Arón haKodesh  y comenzó a explicar algunos pesukim de la Parashá correspondiente a dicha semana. El Rab hablaba y explicaba las interpretaciones y mensajes del texto, empleando relatos y referencias a otros textos y libros. Mientras tanto, desde el fondo del Bet Keneset muy atento, sentado y en silencio, escuchaba un pobre hombre, un varón sencillo que vivía del mercadeo con chatarra. De repente el Rab dijo: “Escuchad hijos míos y daros cuenta de que ¡Lo más importante es el corazón! ¡Él ama el corazón!”.

El chatarrero, quien era un hombre de pocos conocimientos pero con una gran fe, escuchaba atentamente las palabras del rabino, y al escuchar que Él ama el corazón, pensó: “Si Él ama el corazón, entonces, mañana comparé el mejor corazón, lo cocinaré y se lo entregaré”. Una vez regresó a su hogar le explicó a su mujer lo que había escuchado y sus planes, ante lo que ella respondió: “Aseguro que lo que estás haciendo es bueno”.

Al día siguiente, Iom Rishon, el chatarrero se dirigió a la carnicería y le dijo al dependiente: “Ponme un corazón, el mejor que tengas, cueste lo que cueste yo pagaré su precio”. Entonces volvió a su casa, lo lavó y preparó y lo puso entre dos platos. Con su ofrecimiento se dirigió al Bet Keneset, abrió las puertas del Arón haKodesh y depositó allí el corazón, tras lo que regresó a su trabajo. Algunos momentos después entró el shamash a limpiar y percibió el aroma del alimento mientras se aproximaba al emplazamiento de los Sifrei Torah, entonces abrió las puertas y vio entre los platos la pieza de carne, que tomó con gran alegría y salió hacia su casa. Llevaba el contenido y los platos en la mano, y al llegar anunció a su esposa: “Querida, ¡Él nos ha bendecido!, hace mucho tiempo que no comemos carne y tampoco nuestros hijos”, a lo que ella respondió: “¡Qué sea Bendito!” y prepararon la mesa para comer y después lavaron los platos para que el shamash pudiese devolverlos al día siguiente.

Al despertar el nuevo día, tras la Tefilat Shajarit, el chatarrero se acercó al Arón haKodesh para recoger los platos y los encontró limpios y vacíos, corrió de vuelta a su hogar para anunciarle a la mujer lo sucedido: “Le ha gustado tanto el corazón que hasta ha lamido los platos”, ella entusiasmada le respondió: “Eso es bueno, mañana llevarás otro corazón”.

Dicho y hecho, un día más el chatarrero llevó el corazón y lo situó en el mismo sitio. De nuevo el shamash lo encontró y lo llevó a su casa donde lo compartió con su familia. Transcurrió de esta forma la semana, el chatarrero cada día recogía los platos del día anterior y depositaba un nuevo corazón que el shamash llevaba a su hogar. Temparano por la mañana, el Iom Shishi, llegó el rabino para preparar la lectura de la Torah durante Shabat y se encontró un corazón entre dos platos dentro del Arón haKodesh, inmediatamente llamó al shamash y le preguntó de dónde procedía semejante cosa, y quién lo había puesto allí. El shamash explicó al Rab todo lo sucedido la semana anterior y que desconocía quién depositaba allí cada mañana un corazón, por lo que decidieron esperar al próximo Iom Rishon y observar a quién llevaba ese corazón horneado.

Todo se hizo según lo planeado, el shamash se escondió temprano por la mañana y desde su escondrijo pudo ver al chatarrero depositando el corazón en el sitio donde encontró uno cada día durante toda la semana anterior. Salió corriendo, cuando el chatarrero abandonó el Bet Kesenet, hacia la casa del rabino para decirle lo que había visto e identificar al culpable de semejante ofensa. Entonces el Rab ordenó al shamash que pidiese al pobre hombre que acudiese de inmediato a su presencia.

El shamash corrió a buscar al chatarrero y le dijo: “El Rab requiere tu presencia de inmediato”, sin pensárselo dos veces y a pesar de que tenía mucho trabajo, acudió rápidamente frente al rabino quien al verlo le dijo con un tono de voz duro y firme: “¿Eres tú quién ha puesto hoy en el Arón haKodesh un corazón? ¿Qué te ha llevado a cometer semejante execración?”. Confuso, asustado y sorprendido por la dureza de las palabras del rabino trató de explicar los motivos y esto enojó aun mas al maestro, que le dijo: “¡maldito! No ves que lo que Él quiere no es un corazón cocinado, sino que tu corazón esté puro y libre del mal”. El chatarrero reconoció su error, decepcionado y avergonzado por lo que había hecho se despidió respetuosamente del rabino.

Llegada la noche, el rabino dormía plácidamente cuando una pesadilla provocó que se despertase y su sobresalto también rompió el sueño de su mujer. Ella le preguntó: “¿qué te sucede?” y el Rab le contestó: “He soñado que alguien trataba de estrangularme y me he despertado, pero tranquila que voy a volver a dormir en cuanto me sienta más relajado”. Cada vez que el hombre trataba de dormir la pesadilla se repetía y esto sucedió así durante tres noches consecutivas. Agotado, el rabino buscó en los libros el motivo de su tormento y cuando lo encontró hizo llamar de nuevo al buen chatarrero y le dijo: “Él ama tu corazón, ve en paz”.

Todos los representantes de las tribus llevaron sus ofrendas en el momento indicado para cada uno, sin tratar de imponer el protagonismo de ninguno, sin deslegitimar al resto y los objetos que cada uno de ellos llevó eran igual de valiosos (Bemidbar 7:84-88). No hay un judaísmo correcto, ni tampoco un solo camino adecuado, aunque si lo hubiese, incluso así, eso no invalidaría el resto. Cada uno de nosotros es libre para la interpretación y la vivencia, esta es una de las grandes riquezas de nuestro pueblo, y algo por lo que debemos luchar para que continúe manteniéndose.

Eliyahu Peretz del Campo

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