Parashát Jukat (Bemidbar 19:1– 22:1).

פרשת חוקת (במדבר יט:א- כב: א)

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Parashat Jukat contiene el relato de algunos momentos críticos y también un decreto (חוק) profundamente significativo. La “vaca roja” (פָרָה אֲדֻמָּה) y el detallado proceso de purificación, tras el contacto con un cadáver humano, ocupan el primer perek de nuestra porción semanal (Bemidbar 19). Las especificaciones de este decreto, los periodos de espera y sobre todo el planteamiento inicial nos hacen caer en la cuenta de cuan importante debería llegar a ser este asunto. La precisión en la ejecución de esta “purificación” se encuentra expresada, por ejemplo, en el requerimiento rígido de encontrar un animal que no poseyese ni tan solo dos pelos negros, tal y como nos recuerda Rashi que era exigido en la Mishna (Bemidbar 19:2), casi instantáneamente podemos asociar este hecho a la dificultad de solventar nuestros “errores” o “resbalones” una vez que los hemos cometido.

Por otra parte, y si avanzamos un poco más en el texto, encontramos algo muy llamativo, cuando prácticamente concluye el perek: “el que la toque -el agua de purificación- quedará impuro hasta el atardecer” (Bemidbar 19:21). Constituye una interesante paradoja, pues si bien el agua de purificación cumpliría con su objetivo, la persona que fuese tocada por esta se mantendría impura hasta caer la tarde. A pesar de haber realizado el enmarañado proceso de purificación, a pesar de haber seguido cada uno de los pasos y de haber cumplido cada complejo requerimiento, aun así la purificación no habría de ser efectiva hasta el atardecer. La reparación no es instantánea sino que requiere un tiempo, no solamente de preparación y espera antes de llevarla a cabo, sino que una vez realizada exige también un periodo para que sea auténtica. De esta forma en la vida cada uno de nuestros actos posee consecuencias y rectificar exige por nuestra parte un complejo ejercicio de análisis, búsqueda de soluciones y un periodo de espera hasta conseguir la reparación completa.

Si bien todo esto sucede a nivel individual, también a nivel grupal y como sociedad debemos reflexionar sobre nuestras estrategias colectivas y sus repercusiones sobre otros grupos sociales, con los que necesariamente convivimos y hemos de convivir. Es en este punto donde una vez más el relato de la Torah enlaza la historia pasada, descrita en sus textos, con el presente y el futuro de nuestras sociedades, de nuestra cultura y de nuestro pueblo. El pueblo de Israel pierde a dos de sus líderes en el transcurso de esta Parashá, Miriam y Aharon. De nuevo podemos encontrar a Moshé en una situación complicada, se enfrenta a las exigencias y reproches de un pueblo que está cansado de vagar por el desierto, que llega incluso a añorar la esclavitud sufrida en el pasado y que, otra vez, expresa su firme deseo de llegar a la tierra que les fuera prometida (Bemidbar 20:2-5).

Este suceso convive en el tiempo y el espacio con otra realidad, la de los pueblos por cuyas tierras atraviesa el pueblo de Israel de camino hacia su meta. Tal vez el relato no se detiene demasiado en los detalles, pero el pueblo se encuentra con el rechazo de aquellos moradores, en las tierras de Edom, Arad y de los Amorreos, no siéndoles permitido atravesar sus dominios (Bemidbar 20:14-21, Bemidbar 21:1-3 y Bemidbar 21:21-31).

El paso por entre otros pueblos no resultó sencillo, en algunas ocasiones la violencia apareció, generando por supuesto bajas en todos los bandos, en otras situaciones la superioridad de la fuerza potencialmente agresora hizo que el pueblo rodease sus fronteras. Ya en aquel momento las relaciones de vecindad no eran sencillas, al contrario, algunos pueblos de la tierra nos trataron con franca dureza cuando necesitamos de ellos su ayuda. Tal vez sopesaban los peligros que suponía para la defensa de sus fronteras, o la estabilidad y la seguridad, el paso de un numeroso grupo entre su población. El hecho es que esta contestación, la negación, es habitual en todas las naciones del mundo, pero no por ello resulta ser la respuesta más adecuada, justa o constructiva.

De cualquier forma el pueblo de Israel tenía un anhelo, llegar a un lugar, a un espacio del que se sentía parte, tal y como hoy aspiramos a que se construya una paz duradera con nuestros “vecinos”. La vida, tal y como es nuestra costumbre, ha de prevalecer una vez más y todos nuestros esfuerzos han de encaminarse hacia la consecución de nuestro objetivo. Por supuesto que no pretendo establecer una analogía, pues a todas luces no existe la posibilidad de comparar las diversas situaciones, pero el pasado y el presente se abrazan en esta Parasha, nuestro pueblo tiene un objetivo que en este caso es la paz, y además enlazan con el futuro, con un futuro en el que podamos recordar y no tengamos que lamentar errores o la pérdida de alguna oportunidad, que deberá ser construida y sustentada por ambas partes pues de nada servirá que solamente un grupo desee realmente la paz.

Eliyahu Peretz del Campo

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