Parashat Vayera (Bereshit 18:1 – 22:24)

septiembre 23, 2011

פרשת וירא      יח:א -כב: כד

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En la Parashá de la pasada semana (Parasat Lej Lejá) se nos relataba el camino seguido por Avram hasta convertirse en Avraham. En esta ocasión la porción de Torah que estudiamos nos relata un número importante de eventos que no entraremos a estudiar en detalle, pero de los que podemos hacer una breve enumeración: la llegada de los tres hombres a Mamre, lugar en el que se encontraba Avraham (de donde se deriva el “Hajnasat orjim” u hospitalidad con los visitantes); recibe Avraham por segunda vez el anuncio de que Sará será madre; además le es notificado lo que habrá de suceder en Sdoma y Amora ante lo que negocia la salvación de la zona si hay al menos diez justos; la llegada de los “visitantes” a Sdoma y el intento de los habitantes de la misma de dañarlos, lo que es evitado por Lot (muchos han identificado en este pasaje un argumento para la prohibición de las relaciones entre hombres, pero una análisis pormenorizado del hecho nos permite saber que lo que indujo la destrucción final fue la falta de hospitalidad). Otros asuntos como el nuevo desplazamiento del grupo hacia la zona del Negev, lo sucedido con Abimelek y el nacimiento de Yitzak y su circuncisión también son relatados, después nos es presentada la “Akeda” (atadura), punto en el que precisamente nos detendremos hoy.

Comienza el relato de la Akeda indicando que Dios “puso a Avraham a prueba”, todos sabemos cómo: pidiéndole que sacrificase a su propio hijo Yitzjak, al que tanto había esperado y deseado, en Moria. Tenemos múltiples detalles sobre el cómo, elementos que podríamos analizar durante horas, pero avanzaremos hasta el momento en que Avraham ya ha preparado el altar y ha atado a su hijo (de ahí el nombre de este sacrificio), entonces es detenido por un “angel” que le indica que en su lugar será dispensado un carnero.

Parece ser que la pregunta más inmediata es: ¿cuál es el auténtico sentido de este suceso? Para nuestra mentalidad y desde la perspectiva contemporánea el hecho de que alguien sacrifique a una persona o a su propio hijo nos parece una aberración absurda, al menos expresada de esta forma pues continúa habiendo conflictos, enfrentamientos y guerras en las que perecen millares de personas cada año en nombre de un ideal o de una religión, pero esta es otra cuestión digna de un análisis profundo. Mucho se ha hablado y escrito sobre qué sucedió en Moriá y el motivo, sin embargo no parece haber, como en otros muchos casos, un acuerdo unánime sobre este asunto. Podemos tratar de comprender la magnitud del “sacrificio” si somos conscientes de que Yitzjak era el heredero espiritual de Avraham y quien continuaría su estirpe, sin embargo Avraham se dispone a sacrificarlo aun teniendo en cuenta que era un acto que carecía de bondad. Algunos interpretan que el hecho de que se encontrase dispuesto a realizarlo fue muestra suficiente para hacer patente su fidelidad a Dios y que por lo tanto se hizo innecesario que lo concluyese, sin embargo otras interpretaciones también indican que lo que se nos demuestra en este episodio es que Dios no desea sacrificios humanos, tales como los que se realizaban en aquella época y posiblemente también como los que se realizan hoy.

Recordamos en estos días el asesinato de Yitzjak Rabin, primer ministro de Israel, que  se perpetró hace ahora quince años (el 12 de Jesvan que este año ha coincidido con el 20 de octubre). En aquel día muchas esperanzas se destruyeron, pero además fue también pisoteado el lema de la concentración en la que el propio Rabin participaba el día del magnicidio: “Si a la Paz-No a la Violencia”. Es muy posible que la persona que cometió esta brutal acción sintiese que era algo que estaba llamado a hacer, un sacrificio necesario para defender sus ideales, olvidando que el valor de la vida está por encima de cualquier ideal, y no solamente la vida propia sino también la vida ajena.

 

Eliyahu Peretz del Campo


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